Plataforma Cero
Publicación Mensual
Año 15 | Número 180 JUN 2018

Necesitamos un Acuerdo de San Nicolás modelo siglo XXI
Alberto Asseff para La Prensa
25-05-2018


Algo tan raro como paradójico nos pasa. Cotidianamente expresamos disconformidad sobre cómo va la educación, alarma por la rampante inseguridad, cuestionamiento a la marcha de la economía y sus secuela de falta de trabajo, empleo precario, sueldos insuficientes, rechazo a que una parte mayoritaria de la población activa sobreviva con subsidios -desplome de la cultura laboriosa-, a la ineficiente Justicia, al colapso que sufre la salud pública, a la falta de infraestructura vial acorde con un país que aspira a desarrollarse, a la subsistencia de la llamada industria del juicio laboral que tanto conspira y disuade la inversión creadora de empleo y actividad, a las crecientes adicciones -sobre todo a las drogas que desquician y matan-, al incremento de la violencia social, a una expansión de la burocracia autosatisfactiva, es decir menos servicio público, más acomodo personal y/o de la mala política, por la ausencia de obras transformadoras como canales y prevención de inundaciones, protestamos por los piquetes diarios que agravan el de por sí caótico tránsito metropolitano -carente de la red de subterráneos que necesita ineludiblemente- y, por último, en esta enunciación no taxativa, expresamos nuestro espanto ante la fenomenal impunidad para con la monumental corrupción -tipo saqueo- que padecemos. No obstante, frente a cualquier intento -tibio o sustantivo- de reformas, las resistencias instantáneas son enormes.


PROGRECONSERVADORES


Somos progresistas en nuestras exigencias y reclamos, pero neoconservadores a la hora de producir cambios. Por supuesto que el cambio no es sólo declamación. Se requiere mucho más que planillas de Excel y de un puñado de tecnócratas. Lo gravoso para nuestro país es que la frustración parece ser el denominador común: fracasa -como saldo global- la raza política -1983-2015 - y ahora zozobra un esbozo de racionalidad propia de administradores experimentados. Quiere decir que hay que bucear más profundo, pues el problema argentino está mucho más enraizado.


El asunto es cultural. De una mala cultura. Todo, creo, nace de eso de país rico. Como nuestro ADN viene con riqueza genética, acá todo es posible, hasta los desaguisados más desopilantes, los despilfarros más disparatados y las modalidades más insostenibles en el tiempo. ¿A quién se le puede ocurrir que regalando juguetes o lavarropas se puede hacer justicia social? ¿O, que disimulando el desempleo con el engrosamiento de dos millones de empleados públicos en una década se avanza hacia una economía sólida? ¿A quién que se puede financiar el desbalance de todas nuestras cuentas -la externa, la de pagos y la de cuenta corriente- tomando deuda externa? ¿O que se progresa apoyando soluciones facilistas y prebendarias, y simultáneamente marginando al mérito y al esfuerzo? Pues se nos ocurrió a nosotros y así nos va.


Las reformas que necesitamos son contraculturales: se terminaron las facilidades, el populismo, enemigo de lo popular; ahora a resolver las dificultades. Entre todos, con ejemplaridad desde arriba hacia el llano social. No importa que el recorte de todos los sueldos políticos no alcance para equilibrar las cuentas. Alcanza y sobra para dar un paradigmático mensaje. Una señal contagiosa de que llegó en serio un momento de la Nación para operar con cirugía mayor. Y de explicar su necesidad imperiosa. Para eso se necesita volumen político, no tecnocrático.


Esta transformación contracultural implica que en vez de embellecer un parque hay que priorizar las cloacas, el agua corriente, el saneamiento ambiental, las salas primarias de atención de la salud, el empleo juvenil. Todo lo secundario debe ir al casillero de pendientes. Lo principal, al compartimento de urgentes.


Una Pyme nueva debe incubarse entre todos, en una sinergia de universidades, organismos estatales, bancos, Conicet, cámaras empresarias. Todos enlazados para generar trabajo genuino, producción y movilización de los recursos. Esas Pymes -como en Italia - deben consorciarse para exportar. Los embajadores y cónsules deberán aprender el triple de comercio exterior y tres veces menos de diplomacia tradicional.


La mejor carta de presentación de la Argentina en el mundo no son sólo las buenas maneras, sino ese país serio, trabajador, productor, innovador, ordenado. Que surgirá si cambiamos de verdad. Los políticos nos hemos desacreditado a horcajadas de nuestros fracasos y de que las palabras que salen de nuestra boca son desproporcionadamente mejores que nuestras acciones. Los tecnócratas han probado otra vez su impericia para conmover y convencer al pueblo que, además de razones, tiene emociones. Es imposible que un administrador impacte emocionalmente, máxime si demuestra que hasta como administrador deja mucho que desear. Como el político genera desconfianza, lo que padece la Argentina es de vacancia de emociones. Ni políticos ni administradores llenan ese inmenso vacío. Sin ese hálito emotivo -con mucho de épica- es harto complejo movilizarnos como Nación hacia un objetivo nacional.


Es hora de un Acuerdo histórico, denominémoslo como nos resulte mejor: Política de Estado, Diálogo, Acuerdo, Pacto. Ese Acuerdo hoy debe tener en la mira la restauración con la mayor prisa de la confianza pública y como meta prioritaria la baja de la inflación y del déficit fiscal. Paralelamente, una estrategia de desendeudamiento para gastos corrientes.


La base del Acuerdo es que quienes más tienen -empezando por los dirigentes políticos- ejemplarmente reduzcan sus beneficios. Y para el mundo empresario, el Acuerdo contendrá un doble mensaje: el bueno, que el país bendice al capitalismo de riesgo, inversor auténtico, empleador, movilizador de recursos, productor de bienes y servicios; el malo, que deberá pagar ganancias como en el primer mundo, aunque todavía estemos lejos de serlo. Como contrapartida, disminuirán otras cargas tributarias y el malsano IVA. Finalmente, el Acuerdo será un compromiso solemne antiimpunidad y anticorrupción, con recuperación de lo timado. Extinción de dominio, arrepentido premiado y otras herramientas serán firmadas y plasmadas de inmediato. Será el Acuerdo de San Nicolás modelo siglo XXI. ¡Hay premura!


* Diputado nacional (mc). Diputado del Parlasur


Nadie lo sabe.
Vicente Massot para Prensa Republicana
23-05-2018


La necesidad -reza el viejo adagio de cuño español- tiene cara de hereje. Cuanto Mauricio Macri, por las razones que fuere, no quiso, no pudo, o -lisa y llanamente- no supo obrar en el curso de los casi treinta meses que lleva sentado en el sillón de Rivadavia, ahora deberá hacerlo por imperativo de los mercados. Hasta antes de la crisis reciente, nadie en la Casa Rosada y alrededores del poder pareció darse cuenta de lo que se les venía encima. Como de ordinario ha pasado en la Argentina, los gobiernos -cualquiera que fuese su carátula ideológica- resultaron incapaces de anticiparse a las tempestades. Con la particularidad de que los ajustes, cuando no son ejecutados por el Estado, terminan siendo impuestos por el mercado. Sobre el particular no hay demasiados misterios y la actual administración no ha sido la excepción a la regla.


Para tratar de entender dónde estamos parados es menester dejar en claro qué es lo que ha cambiado en las últimas semanas. Por de pronto, ha quedado al descubierto -como nunca- el grado de desconfianza que despierta la administración de Cambiemos en una mayoría de la sociedad. No sería de extrañar que el fenómeno anidase en aquellos segmentos que, en octubre del año 2015, habían votado a Daniel Scioli. Es lógico que el kirchnerismo -cuyo futuro depende de una debacle gubernamental- no confíe en el oficialismo y recuse la forma con base en la cual éste ha debido hacer frente a la corrida cambiaria de todos conocida. En cambio sorprenden los topes a los que ha llegado el desencanto de muchos que, en aquel año, sufragaron a favor de Macri.


El segundo dato novedoso, reside en el hecho de que la seguridad de la reelección del presidente -que luego de los comicios parlamentarios de octubre pasado y hasta dos meses atrás, todos dábamos por descontado- es materia sujeta a discusión. El tercero es cuanto podría llamarse, a falta de mejor termino, la efervescencia social que, sin solución de continuidad, comienza a notarse en la calle. Una inflación que no pocos imaginan de 30 % hacia finales de año y un claro amesetamiento de la actividad económica, generan no sólo descontento sino que estimulan algunas posiciones maximalistas. No escapa a lo dicho el proceso de paritarias que se han reabierto, con reclamos de entre 25 % y 30 % de aumento de los salarios -según el gremio de que se trate- de aquí a diciembre.


Cambiemos tiene pues, delante suyo, tres fantasmas que se recortan de manera peligrosa en el horizonte. No existían en su agenda. Hoy son datos de la realidad que nadie podría desconocer. Para el oficialismo representan un dolor de cabeza. Para el arco opositor, en cambio, se han transformado en una oportunidad. Al peronismo ortodoxo y al kirchnerismo se les ha abierto una puerta que creían cerrada hasta 2023.


Los primeros en tomar cabal conciencia de que era imposible seguir como si nada hubiera sucedido fueron, en este orden, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Su realismo -por llamarle de alguna manera- dejó trasparentar el miedo de resultar arrastrados por un Macri que, en las encuestas de opinión, descendió varios escalones y, tras él, ellos dos. La gobernadora de la provincia de Buenos Aires y el lord mayor porteño saben, sin que alguien deba recordárselo, que su suerte está asociada a la de su jefe. Imaginar que cualquiera de los dos podría sobrevivir al derrumbe del capitán del barco al cual le deben obediencia, sería ridículo. Otro tanto pensó Marcos Peña, de papel tan deslucido como jefe de gabinete.


Macri, acorralado por la crisis y atento a la opinión de sus principales interlocutores en la así denominada mesa chica, demostró una conducta pragmática, a tono con el reclamo de la hora. El viraje comenzó con la convocatoria a Emilio Monzó, Ernesto Sanz, Gerardo Morales y Rogelio Frigerio para que volviesen a Camelot. Acto seguido catapultó al titular de la cartera de Hacienda y lo ungió coordinador del área económica. Con anterioridad a la crisis jamás hubiese dado semejantes pasos. Basta pensar que el presidente de la Cámara de Diputados había anunciado su retiro anticipado y, en los mentideros políticos, se daba por descontado que reemplazaría a Ramón Puerta en la embajada argentina en Madrid. En cuanto a Nicolás Dujovne, no es que estuviese dibujado pero, en comparación con sus pares dentro del gabinete, el poder que acreditaba era escaso.


En pocas palabras, Macri hizo, de la necesidad, virtud. Contra sus inclinaciones más íntimas y su forma de concebir el poder, dio el brazo a torcer. Percibió que caminaba al borde del precipicio y obró en consonancia con el instinto de conservación que los humanos llevamos a cuestas. Los cambios ¿son de fondo o cosméticos? Ni lo uno ni lo otro. El regreso de los "políticos" a la mesa chica no supone un eclipsamiento de Marcos Peña. Para el presidente, su jefe de gabinete fue, es y será indispensable. Así como Duran Barba no dudó en compararlo con John Kennedy, Macri -son sus palabras textuales- lo tiene por "imbatible en el área chica". Seguirá, pues, siendo su principal hombre de confianza. Creer que la última palabra la tendrá esa suerte de Junta Grande que acaba de formarse, es no entender hasta qué punto. al momento de decidir una política, el rol de Peña resulta excluyente.


Por su lado, Dujovne no hará las veces de primus inter pares. Coordinar no es necesariamente mandar. Si algo tiene claro el ministro de Hacienda es que "los ojos y oídos" presidenciales pueden haber salido de la crisis algo magullados pero la confianza que Macri depositó en ellos se halla intacta.


No ha habido deserciones ni amotinamientos. La tropa de Cambiemos capeó el temporal como pudo. El acuerdo con el FMI se da por descontado y el veto presidencial a la ley que, casi seguramente, logrará votar la oposición, es cosa decidida. Los frentes de tormenta no son esos. La cuestión más álgida, presente desde que Macri asumió en diciembre del año 2015, se resume en una pregunta: ¿cómo reducir el déficit fiscal y el gasto público? Sobre todo con posterioridad a la corrida cambiaria y al pedido de ayuda al Fondo Monetario. El gradualismo -tal cual fue concebido- sirvió de poco. ¿Cuánto habrá que acelerar la marcha para obtener ahora resultados satisfactorios? ¿Qué tantas reacciones generará? ¿Cómo lo recibirá la sociedad? Nadie lo sabe.


Vidal pide la recaudación si le transfieren Aysa, Edesur y Edenor
"Nos encanta ser federales para gastar, pero unitarios para recaudar", le respondió Lacunza al PJ.
LPO
24-05-2018


El gobierno de María Eugenia Vidal salió al cruce de la embestida de los gobernadores peronistas para forzar a Mauricio Macri a que transfiera las empresas de servicios públicos Aysa, Edesur y Edenor a la Ciudad y a la provincia de Buenos Aires.


El ministro de Economía bonaerense, Hernán Lacunza, fue el encargado de trasmitir la respuesta, un día después de que el Bloque Justicialista presentó en la Cámara de Diputados el proyecto que dispone el traspaso de las empresas que prestan servicios en Capital y el Conurbano y reciben millonarios subsidios de Nación. "Lamentablemente, en la Argentina del 'sálvese quien pueda' invertimos mucha imaginación y mucha energía a la hora de ver cómo hacemos para que la cuenta la pague el otro", planteó Lacunza, que agregó como contrapropuesta la descentralización de la recaudación nacional, lo que obviamente perjudicaría a la mayoría de las provincias.


"Esta es una buena ocasión para que todos hagamos un ejercicio de conjunto. Yo podría oponer a ese argumento que la provincia de Buenos Aires recibe por año respecto al resto de las provincias, si hacemos per cápita y la población que tiene la provincia, 250 mil millones de pesos menos para estar igual que el resto", afirmó en diálogo con radio Mitre. "Encantados de asumir el gasto o el subsidio que implica la energía, también descentrelicemos los recursos", desafió el ministro de Economía de Vidal. "Porque si no somos un país que nos encanta ser federales a la hora de gastar pero unitarios a la hora de recaudar", completó.


El desafío de Lacunza (aunque en los hechos sea imposible de realizar porque dejaría a la mayoría de las provincias al borde del precipicio económica) es una respuesta política a la estrategia de los gobernadores de forzar a Macri a correr la discusión sobre de dónde debe aplicar el grueso del ajuste. Aunque la propuesta de los gobernadores genera un rechazo total de Larreta y Vidal porque les detonaría los presupuestos si tienen que absorber los millonarios subsidios que reciben estas compañías (o destruiría su base política si traspasan el costo total a sus usuarios), se trata de una iniciativa que no es del todo rechazada en la Casa Rosada que no termina de encontrarle la vuelta al ajuste que le va a exigir el FMI.


Es posible un gran acuerdo nacional?
Julio Bárbaro para Infobae
20-05-2018


En mis encuentros con el Presidente le recalqué mi opinión de que debería llamar a la unidad con la oposición, por convicción o por necesidad, dado que, según mi humilde mirada, la situación no tenía otra salida. Conozco de memoria los argumentos que se oponen, los que imaginan ser propietarios de una verdad que puede gobernar en soledad, triste opinión dominante en el Gobierno derrotado tanto como mayoritaria en el actual. Y las excusas de los que describen al peronismo o a la oposición como agonizando, convencidos de tener la piedra filosofal que nos sacará de la crisis. Y la eterna, aburrida y reincidente dogmática de que la culpa es ajena, del peronismo, el populismo, el neoliberalismo o tantos otros chivos expiatorios.

Aplaudieron a Carlos Menem esos mismos que hoy se niegan a la prueba de ADN donde asuman la paternidad de las privatizaciones de los servicios públicos convertidos ahora en verdugos de la ciudadanía. La historia les obsequió ser hoy el primer gobierno democrático, a ellos, dueños e ideólogos de tantos golpes de Estado y socios de algunas traiciones democráticas. Apenas triunfaron volvieron a soñar la desaparición del peronismo, que en su inconsciente es el de la democracia. Les molesta y asusta un partido de los pobres, aun cuando los exprese un peronismo en manos de tantos empresarios con los que comparten la fortuna y el barrio privado, representado por tantos amigos y asociados. De un peronismo provinciano que lejos quedó de intentar ser el eje del movimiento nacional. Pero siguen soñando, como en el 55, con la ilusión de enterrar al otro para siempre.

La historia nos regaló un Papa y ellos de pronto se volvieron fanáticos del ateísmo. Derrotado el marxismo, no imaginaban a nadie con peso en el mundo que defendiera a los desposeídos. Hasta gastaron unos pesos contratando supuestos pensadores que pronosticaban el fin de lo popular en la democracia y de la religión en las sociedades. No se privaron de nada, convirtieron sus odios en pronósticos; su egoísmo, en consigna; su perversa codicia, en destino inexorable de la llamada "modernidad". Odian al peronismo y al Papa, les falta negar el fútbol y el tango para asumir su esencia de hombres sin patria. Pero el fútbol deja dinero y hasta a veces les permite participar de un fenómeno colectivo como si en algo pudieran dejar de despreciar lo popular. Solo apuestan su confianza en "el inversor extranjero", una manera de dejar en claro que nada podemos esperar de ellos ni de nuestra propia capacidad.

Me asombró la furia con la que, después del triunfo del PRO, se lanzaron a degradar al peronismo y al Papa. Como si intuyeran que, al carecer de logros propios, se les volviera imprescindible parasitar las debilidades ajenas. Y algo de razón tenían, son tan infantiles al gobernar que con solo existir una propuesta coherente y madura hubieran culminado en poco tiempo este nuevo intento de apropiarse del sudor ajeno a través de la codicia propia. Ni el amañado resentimiento supuestamente progresista de los derrotados ni los dioses de la modernidad y el mercado de quienes gobiernan detendrán nuestro pronunciado deterioro social. A las naciones no las rigen los dogmas sino los proyectos colectivos, esos que nosotros fuimos hasta ahora impotentes de lograr.


No pasamos solo una crisis, la realidad desnudó la demencia de nuestros gobernantes, demencia acompañada de incapacidad, y todo sazonado por una cuota exasperante de soberbia. Un cóctel explosivo que no requiere de analistas para ser interpretado. Justo a ellos, que no solo despreciaban la política opositora, sino además la propia. Será tiempo de asumir que la política es un arte demasiado más complejo que la gerencia, que las necesidades colectivas poco y nada tienen que ver con la codicia individual. Y que la unidad de la nación es un desafío ya hoy impostergable, a pesar de que los actores no estén a la altura de las necesidades colectivas o, peor aún, impostergable, porque la medianía de los actores los obliga a intentar trabajar en conjunto.


Sobreviven todavía dos bandos tan sectarios como equivocados, ni el Gobierno ni la oposición podrán sacarnos de esta crisis. Si se unieran, quizás no arribarán al necesario talento, pero al menos se habrían bajado de la soberbia. Necesidad de un proyecto compartido, tan duro como real, tan urgente como necesario.


Diez lecciones de la crisis para el gobierno de Macri
Fernando Laborda para LaNacion
20-05-2018

La historia económica mundial está plagada de crisis de financiamiento, asociadas con fuerte déficit fiscal. De las memorias del líder francés Charles de Gaulle puede extractarse un párrafo sobre el estado de Francia cuando llegó al poder, en 1958: "El país estaba al borde del desastre. El presupuesto presentaba un descubierto insoportable. Teníamos exceso de empleados públicos y en las empresas privadas aumentaba la desocupación. Nuestra deuda pública era enorme y habíamos incumplido compromisos sujetos a sentencias judiciales externas. Las exportaciones no alcanzaban las tres cuartas partes de las importaciones. Por desconfianza no teníamos crédito internacional alguno y tuvimos que implorar ayuda a ciertos países amigos para poder mantener el comercio exterior. La actividad económica estaba próxima al derrumbe porque debíamos imponer un cepo a las compras o viajes al exterior y no podíamos importar insumos. Los compromisos de ventas internacionales no pudieron sostenerse porque nuestros productos no tenían precios competitivos. La única alternativa que nos quedaba era el milagro o la quiebra".


Ante ese grave cuadro, con algunas notables semejanzas con la situación argentina de los últimos años, De Gaulle designó una comisión de expertos, liderada por el economista Jacques Rueff. Estos ministros sin cartera diseñaron un informe cuya conclusión fue que las dificultades financieras derivaban de un exceso de gasto público, causante de un alto déficit presupuestario que se venía costeando con emisión de moneda espuria, desatando inflación y trabas al comercio exterior. Un segundo informe de esta comisión recomendó no insistir en artificios cambiarios y contables que solo permitirían salvar a un Estado elefantiásico, gastador compulsivo y corrupto, y eliminar cualquier barrera que impidiera el desarrollo de las potencialidades individuales de los franceses creativos. Hubo duras resistencias al principio, pero el plan de saneamiento bajo el liderazgo de De Gaulle fue exitoso: en seis meses se venció la inflación, crecieron las exportaciones, aumentó la oferta de empleos y, en menos de un año, se duplicaron las inversiones. Una de las claves de tales logros fue la confianza que atrajeron la calidad técnica de aquel equipo de expertos y su acertado diagnóstico.


La inflación es el ladrón más sutil y eficaz, un impuesto sin legislación que afecta siempre a los sectores más desprotegidos, a través del cual, como lo ha reconocido John Keynes, los gobiernos pueden confiscar secreta y disimuladamente buena parte de la riqueza de los ciudadanos. Poco antes de su muerte, en 1978, Rueff explicó con una metáfora por qué muchos de los gobiernos que denuncian la inflación terminan tratando de beneficiarse con ella: "Es mucho más fácil subirse a un tigre que bajarse de él". También Rueff ofreció una visión crítica sobre el gradualismo que tanto defiende hoy el gobierno de Mauricio Macri : "No existe el llanto sin lágrimas".


El gobierno argentino siempre se resistió a admitir que su programa gradualista estaba colgado de un alfiler. El temblor cambiario le demostró que no es viable financiar por mucho tiempo el déficit del Estado con capitales golondrinas aficionados a la bicicleta financiera. En medio de la ciclotimia que nos caracteriza, tras la renovación de Lebac del martes pasado -un triunfo pírrico si se considera la tasa del 40%-, resultó acertada la actitud del Presidente de efectuar una serena y esperada autocrítica. Porque el Gobierno no ha resuelto los problemas de fondo. Apenas logró una tregua. Una tregua que no impedirá que este año la Argentina tenga bastante más inflación de la pautada -el piso en el que coincide la mayoría de los economistas ronda el 25%- y que su economía crezca menos del 3% presupuestado.


De lo sucedido en las últimas semanas y de las recientes palabras y decisiones del Presidente pueden sintetizarse al menos diez lecciones que ha dejado la crisis al Gobierno.


1. Cierto gradualismo puede ser bueno para evitar convulsiones sociales. Pero excesivo gradualismo termina minando la confianza en el Gobierno, favoreciendo la sensación de inacción y demorando inversiones productivas.
2. No se puede usar el atraso cambiario como ancla permanente para frenar la inflación.
3. No es lógico que un Estado que mendiga recursos para financiar su elevado gasto imponga impuestos especiales a quienes le prestan plata. El impuesto a la renta financiera, que empezó a aplicarse a los no residentes, lejos de tener un efecto redistributivo, termina alejando ahorristas y encareciendo el crédito.
4. Con buenas acciones de marketing político se pueden ganar elecciones por cierto tiempo, pero no se puede gobernar en forma indefinida propiciando la atomización de las fuerzas de oposición.
5. No es sencillo gobernar sin consensos políticos y sociales.
6. Es necesario dejar de pensar que el diálogo político es sinónimo de debilidad.
7. Ese diálogo tampoco puede convertirse en sinónimo de transacciones espurias o en un freno a la reducción del déficit fiscal.
8. Es posible gobernar sin un ministro de Economía, pero esto requiere un grado de coordinación y coherencia que no mostró el variopinto equipo económico, al menos hasta antes del martes pasado.
9. La revolución de la productividad, de la que ha hablado alguna vez Macri, debe empezar por el propio Estado. No se puede seguir tomando deuda para mantener un Estado ineficiente; sí, para reestructurarlo.
10. Por último, no podemos seguir desentendiéndonos de las causas profundas de nuestros problemas y escandalizándonos por sus consecuencias.


La convocatoria de Macri a un "gran acuerdo nacional" para bajar el déficit fiscal se explica más por una necesidad que por una convicción. El acuerdo stand-by con el FMI tendrá como garantía de cumplimiento de las metas al presupuesto 2019, cuya sanción, con sus necesarios ajustes fiscales, requerirá de consensos con los parlamentarios y los gobernadores, de cara a un año electoral. Los primeros vestigios de conflicto asomaron tras la reunión que gobernadores peronistas mantuvieron días atrás en Tucumán. Se comprometieron a garantizar la gobernabilidad, pero transmitieron que no estaban dispuestos a afrontar un mayor ajuste. Desde el massismo, se hizo saber, a través del economista Matías Tombolini, que antes de discutir cómo bajar el gasto público, hay que debatir cómo hacer que la economía crezca. Claro que será difícil que aumente la inversión productiva con tasas de interés exorbitantes, al tiempo que resultará complicado hacerlas bajar si el Estado sigue viviendo de prestado.


El pensamiento mágico y la cultura del dispendio público tal vez sean el mayor enemigo de la posibilidad del gran acuerdo nacional postulado por Macri. Se trata de un problema estructural de la sociedad argentina que solo se resolverá con liderazgo político y una buena comunicación, antes que viviendo pendiente de las encuestas. Aquel dogma ha llevado también a sectores del radicalismo a proponer que se investigue quiénes se beneficiaron con la última corrida cambiaria, como si comprar o vender dólares y Lebac fuese una actividad ilícita, o como si toda la culpa de los desaguisados del Estado fuese de los especuladores del mercado financiero. Son las mismas creencias esotéricas de quienes, sin conocer aún ni un borrador del acuerdo con el FMI, consideran sacrílega cualquier negociación con este organismo y sugieren, como genialmente lo resumió el humorista Rolo Villar, que el FMI está conformado por "una manga de turros que nos prestan plata y después pretenden que se la devolvamos".


Por qué Maduro no entregará el poder
Carlos Alberto Montaner para Infobae
13-05-2018


Mike Pence, vicepresidente de Estados Unidos, ha pedido alto y claro que no se reconozca el resultado de las elecciones venezolanas del próximo 20 de mayo. Ese es un tipo de declaración que no se hace sin el visto bueno de Donald Trump y sin consultar a Mike Pompeo, secretario de Estado. Dice el senador Marco Rubio que los tribunales nacionales e internacionales perseguirán a los delincuentes chavistas hasta el fin de los tiempos. Tiene razón. La impunidad no existe y algunos de los delitos cometidos por la banda chavista no prescriben nunca.


Los asesinatos de opositores, las torturas que les han infligido -muy bien documentadas por la abogada Tamara Sujú, especialista en la defensa de los derechos humanos- no dejan espacio a la duda. Y, por si eso fuera poco, ahí están las pruebas y los testimonios del narcotráfico que ha enriquecido a los generales del cártel de los Soles, y del principal delito vinculado a esas actividades: el blanqueo de capitales. Estados Unidos tiene la capacidad de rastrear, abierta o clandestinamente, todos los depósitos bancarios en el 90% de las instituciones del planeta, y posee el músculo para imponer sus reglas. Como cuenta con el 22% del PBI planetario y una moneda en la que se realizan casi todas las transacciones importantes; como posee el mayor mercado abierto del mundo y los mejores centros de atención médica, basta con que amenace a las empresas internacionales con represalias cuantiosas o con privar de la visa a sus ejecutivos para sembrar el pánico. (He visto sudar la gota gorda a venerables bancos suizos colocados en esa tesitura, hasta que han colaborado con la fiscalía norteamericana en contra de sus dudosos clientes).


Nada de esto lo ignoran Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez, y el resto del "clanmafioso", como les llaman los venezolanos. Por eso se disponen a cerrar filas en las elecciones del 20 de mayo. No quieren acabar tras la reja. Como no creen en la democracia liberal, ni en las virtudes de la alternabilidad, no les importa disponer de apenas un 15% del apoyo popular, frente a un 85% que los rechaza. Para eso disponen del relato revolucionario. Nadie lo cree (ni ellos mismos), pero lo repiten como un mantra, porque la función de ese discurso es articular una justificación que sustituya a la verdad. Dicen que Venezuela es un país asediado por el imperialismo yanqui decidido a quedarse con el petróleo de la nación. Afirman que el desabastecimiento de comida y medicinas es la consecuencia de que la oposición, dirigida por la CIA, ha desatado una cruel guerra económica. Ocultan las cifras reales de la economía para "no darles armas a los enemigos". Declaran que el rechazo internacional -el grupo de Lima, la Unión Europea, la OEA y Luis Almagro, el secretario general- es un clamor orquestado por Washington.


Los chavistas son las víctimas, no los culpables. A los estudiantes los asesinaron la oposición o algunos policías descarriados ya castigados. No hay torturados. La inflación aumenta porque la revolución ha abierto los diques del consumo y el pueblo salió por primera vez a comprar. Nada que cambiar. Nada de qué avergonzarse. Las revoluciones tienen un precio y hay que pagarlo. Como la población venezolana conoce todo esto, no saldrá a votar el 20 de mayo. ¿Votar para qué, si sabe que los resultados serán los que el Gobierno desee, como ya adelantó la empresa creadora y administradora de las máquinas de votación? Por medio de elecciones jamás acabará esa pesadilla. Incluso se rumorea que estos son los últimos comicios con la ley electoral vigente. Tras ese amargo trago, cuando Maduro, sonriente, se declare vencedor, se copiará la ley electoral cubana que permite filtrar y tamizar los candidatos, de manera que el prefraude haga innecesario el posfraude. (Miguel Díaz-Canel sustituyó a Raúl Castro con solo un voto en contra, presumiblemente el suyo).


La posible manera de salir de esa terrible banda pirata es prometerles indulgencia a quienes los ayuden a salir del pozo en el que se encuentran. Es así como funciona la ley penal en muchos sitios. Quienes colaboran con la Justicia tienen cien años de perdón. Recuerdo un país centroamericano en el que jubilaron en dólares a unos generales que se oponían al proceso de paz. Era indecoroso, pero fue práctico. Se hizo la paz.


Sin carisma será difícil superar la crisis
Eduardo Fidanza para La Nacion
12-05-2018


En riesgo de fatigar al lector, es preciso volver a Max Weber. Para el sociólogo alemán la fórmula de la gobernabilidad en las democracias capitalistas era la suma de carisma y administración. El carisma significaba para Weber un atributo capaz de generar creencias fuertes y transformaciones profundas que, más allá de la rutina cotidiana, otorgaran fortaleza y legitimidad a los gobiernos. El carisma en su forma típica remite a los individuos, pero también puede expresar ideas arraigadas en la cultura. En este sentido, se ha señalado cómo el advenimiento de la modernidad en Francia, Estados Unidos y Alemania respondió a distintas fuentes carismáticas. Para los franceses se cifró en la razón; para los norteamericanos, en el puritanismo, y para los alemanes, en la nación. Weber, un nacionalista convencido, vaciló en sus últimos años entre varios conceptos, en los que creyó encontrar las claves para reconstruir Alemania después de la Primera Guerra. Un equilibrio inestable entre liderazgo carismático, creencia en la nación, parlamento y burocracia eficaz constituyó su agónica propuesta.


La historia mostró la insuficiencia del salvavidas weberiano, pero dejó en pie la fórmula del éxito político perdurable: liderazgo sólido más administración eficiente. En otras palabras: carisma y racionalidad, indisolublemente unidos. Porque si fuera solo carisma el peligro es deslizarse a la mera seducción de las masas; y si fuera nada más que racionalidad, significaría recaer, para decirlo con una metáfora actual, en la planilla de Excel. O en la sopa. La repetición cotidiana del mismo gesto, la módica cuenta del neurótico que nunca puede superar la frontera de su deseo. Weber, sin pelos en la lengua, contrapuso el denostado "oficio artesanal del demagogo" con el despacho del funcionario administrativo, recordando que "lo realmente importante es que para el liderazgo político solo están preparadas aquellas personas que han sido seleccionadas en la lucha política, porque la política es, en esencia, lucha". En su concepción, eso no significaba piedra libre al populismo, sino recordar que si los gobiernos democráticos no son capaces de generar convicciones -y más en momentos de crisis- están destinados al fracaso.


La historia reciente de la democracia argentina muestra la actualidad de Weber. Alfonsín se abrió paso con el carisma de la democracia; Menem con la sacralización falaz de la moneda; Kirchner con la restitución de la autoestima popular financiada con soja, y Cristina con la viudez y la apelación a una juventud que se movilizó para seguirla. Ninguno de ellos fue un administrador eficaz, con la mirada del estadista puesta en el mediano plazo. Ninguno hizo una contribución decisiva para liberar al país de sus severos problemas estructurales. Pero todos poseyeron liderazgo, el atributo capaz de insuflar fe a la sociedad y orientarla. Los distinguió el sello de la política. ¿Falló la racionalidad administrativa y prevaleció el carisma? La respuesta es sí y constituye una deficiencia grave, porque carentes de programas sólidos, los países no progresan. Tal vez por eso, Macri intentó salirse de la serie, apostando al liderazgo minimalista con una administración de impronta privada. Pero bastó que estallara el dólar para que la respuesta fuera una cadena de vacilaciones que precipitaron a la sociedad al desconcierto y a la creencia de que sin carisma será difícil superar la crisis.


El creativo humor de las redes encubre ese desconcierto con ironías y chistes que ridiculizan al Presidente y su equipo. Es una avalancha incontenible, espoleada por la orfandad y la desilusión. El regreso al FMI, acaso un recurso inevitable, no ha hecho más que excitar la acidez de la sociedad, que describe con bromas soeces a un país sodomizado por los poderosos. Esa reacción evoca lo que le ocurrió a Fernando de la Rúa hace casi dos décadas, en los albores de Internet. Si fallara el liderazgo y el Gobierno no pudiera revertir la corriente social adversa, probablemente no le alcance con los dólares de Lagarde para salvarse. Si la sociedad le perdiera el respeto a Macri, usando los medios digitales que su partido consagró, puede que no haya retorno. No se piense, sin embargo, en un final como 2001, bastará con el espectáculo de un pato rengo en medio del ajuste. No es una originalidad, pero vale insistir a ver si despiertan: ante la corrida, Cambiemos necesita carisma, no marketing. Épica, no eslóganes. Líderes públicos, no administradores privados. Discursos, no spots. Personalidades capaces de provocar certidumbres, no comunicadores de buenas noticias en las que ya pocos creen.


En estos días se exhibieron crudamente esas carencias y desacoples que pueden ser funestos: conferencias de prensa sin sustancia, ministros balbuceantes, un presidente disimulado en una efímera grabación. Mientras tanto, los bloques legislativos propios, constituidos por muchos políticos de raza, luchaban solitarios en medio de un Parlamento adverso y vociferante.


La Argentina puede despegar si comprende que no hay otra alternative que la del presente para no volver al pasado.
Maria Josefina Ramos
1-06-2018


Hace poco, aterricé en Ezeiza en un vuelo procedente de Dallas, EEUU. Digamos que desde1975 que obtuve la beca Hammarskjold no he dejado de visitar ese país. Cada viaje es una magnífica experiencia en lo que hace a su cultura, su grandeza territorial y humana. Pero lo que más me impresiona es el emporio del confort que se ve en supermercados, tiendas y malls de todo el país. Yo creo que los americanos son los reyes del confort.


Mis visitas, más o menos, son como las hacen la otra mitad de los argentinos que uno se encuentra allá en los Malls, apurados por probarse todo, por llevarse todo lo que les permitan sus tarjetas de crédito. Porque hoy como siempre lo hacen, los argentinos buscan obtener descuentos en productos de marca y en muchos casos, ésto hace la diferencia del costo del viaje.


No vamos a detallar quienes son los que pueden gastar su dinero afuera en lugar de hacerlo aquí. No creo en la teoría de que todos viajan para hacer compras porque el cambio favorece. Ni tampoco creo que porque un destacado economista como Miguel Angel Broda le haya dicho al Cronista.com que el FMI no nos va a prestar para gastar en Santiago de Chile, Punta del Este y Miami, los argentinos dejen de viajar y hacer compras. No existe un credo que lo prohiba. Lo que está prohibido, es el ilícito y la corrupción en compras, viajes o lo que sea.


Pero mis impresiones no pasan por las compras que algunas hice, sino por cómo se siente ese clima de seguridad en semáforos, autopistas y carreteras. La conducción automotor está bien controlada y si observas que alguien ha hecho un desaguisado, seguramente es un latinoamericanc pues se creen que pueden conducir allá como en sus países. NO! Porque allá se respetan y cumplen las leyes. La policía es una autoridad super importante y a la que se debe acatamiento y respeto. Fui testigo de algunos accidentes de tránsito en Fort Lauderdale y en el caso de un triple choque de autos se presentaron los bomberos, ambulancias y patrulleros todos juntos al lugar. Rapidez y eficiencia.


Cuando llegué a Dallas, desde Buenos Aires, hice la cola como todos los de mi vuelo y los hispanos, asiáticos y africanos de otros vuelos, a las 5.10 de la mañana, algo inusual para empezar el día. Les aseguro, que los controles de seguridad que encontré para los extranjeros fue fenomenal. Obvio, han pasado por varios trágicos atentados terroristas y hasta dos veces, se exige ver los pies descalzos a los hombres y otras también a las mujeres. Esto vale la pena saberlo para comprender en qué estado está el mundo hoy en todos sus aspectos, pero intrínsecamente, en el de la seguridad. Como ya hemos informado, estuvimos en este viaje en Radio Católica Mundial de EWTN en su sede de Birmingham, Alabama, invitados por el Padre Pedro Nuñez de "Conozca primero su fe Católica" que se emite por la cadena de EWTN., para hablar sobre el Papa Francisco, audio que pueden escuchar en nuestro Multimedios.


Pero el punto de este comentario es otro. Al llegar a Ezeiza, me volví a sorprender, porque. el Aeropuerto necesita urgentes actualizaciones si queremos atraer turistas a la Argentina. No se parece a los de EEUU y Europa. Falta eficiencia en el despacho de equipajes desde el vuelo a la cinta. Hay poco espacio para contener varias colas de gente que llegan de varios vuelos, por ejemplo, hubo que habilitar más filas precintadas para llegar hasta el puesto de control de Inmigraciones donde se presenta el pasaporte. Esto es lógico pero habría que ordenar estos espacios con la debida anticipación. Estoy de acuerdo que Dallas no es el paraíso. Hubo que esperar a ser atendidos por las cabinas y había varias colas, pero rápidamente, la gente era derivada a distintas cabinas lo que agilizaba la espera. Creo que Ezeiza debe ser agilizada en la parte de Arribos más que en las Salidas, porque demoran en resolver la atención de varios vuelos simultáneos.


No se puede olvidar, el panomara deprimente que se recibe al salir de Ezeiza al centro de Buenos Aires por la Autopista y encontrarse con esos edificios de casas de dos siglos, rajadas, húmedas, sin pintura, chatas, casi miserables. Es una vision más tétrica que la de un barrio pobre, realmente. De Ezeiza, todo un gran tema al fin, paso al atraso que hay en nuestros supermercados. La cadena COTO tiene que modernizarse. Algunas sedes, son como un almacén de barrio. La gente se amontona empujándose. De mînima, hay que poner allí más espacio que no hay o mudar esa sucursal a otra más grande del mismo barrio. Sin embargo, lo que no va más es el sistema viejo de las cajas y las cajeras. Es alucinante el tiempo que se pierde en las cajas, haciendo la cola para pagar.


Porque esas cajas son viejas, de la prehistoria y las cajeras no tienen entrenamiento acorde con el tiempo que vivimos, hacen lo que pueden, pero lentas, porque no las ayuda la tecnología. Figúrense que para cambiar el rollo del papel de la máquina que produce el ticket de la compra, tardan una eternidad. Ni les cuento cuando se acerca la supervisora para retirar el dinero que hasta ese momento ha cobrado la cajera, lógico en prevención de robos, pero eso se suaviza, no digo se soluciona, con más seguridad dentro del local y mayor tecnología para recaudar. No hay otra.


A mi modesto entender, los empresarios de Coto y otros supermercados que operan en la Argentina de hoy, tienen que ir a los EEUU a estudiar el funcionamiento de los supermecados como Walmart, por ej, porque es un modelo de eficiencia. EEUU es el país del confort. Ellos estudian, trabajan y viven pensando en hacer la vida más agradable para los demás.. Ellos son los reyes del buen vivir. Las cajas de este supermecado, uno de los más económicos y mejor surtidos del país del Norte con sucursales en todo su territorio, son las más modernas.


El mecanismo es el mismo que en la Argentina, haces la cola para pagar, haces los pasos para llegar hasta la cajera, y cuando llegas, ella ficha todas tus compras y las va echando ya fichadas, en bolsas que giran en un molinete a su lado que te irá entregando a medida que se termine el proceso. Luego te pide que pongas tu tarjeta de crédito o débito, que se transforma allá en crédito., debajo de un sensor que toma esos datos, y si los ha procesado, te larga un ticket que te entrega la cajera, que mientras todo esto sucede, hace chistes y saluda a los clientes. No es un placer?... Te vas cantando de Walmart, feliz en busca de tu auto y se acabó la historia. Aquí es un sinfin de pérdida de tiempo y cansancio de colas interminables e ineficiencia en la atención al cliente.


El gobierno macrista está hacienda esfuerzos por sacarnos del pozo en el que nos metió la ex presidenta Kirchner y sus secuaces. Se imaginan cómo estaríamos con Scioli?.. Oh no!


Entonces veamos que no se puede salir rápido. Tengamos paciencia y pensemos que los ajustes no son porque se le ocurren a Macri sino porque se necesitan para equilibrar las cuentas y salir como Dios manda, pagando lo que consumimos y gastamos,


Muchos, entre los que me incluyo, estamos pagando las consecuencias de 15 años sin mantenimiento de las redes eléctricas en Buenos Aires y aún pagando puntualmente las facturas, sufrimos cortes inicuos de luz por falta de energía suficiente.


Cristina necesita que el país explote
Rodolfo Patricio Florido para el IP
03/05/2018


Necesitan que todo estalle por los aires antes de fines de junio/julio porque si eso no sucede, el ajuste de las tarifas termina, la inflación empieza a bajar considerablemente, los sueldos comienzan a ajustarse por paritarias y los aguinaldos liberan presión de la economía, así, todo se habrá terminado para las esperanzas sucesorias de un peronismo cristinista atomizado, de presos procesados y presos por venir. No les importa el país aunque se llenen la boca con mensajes a los pobres que ellos mismos crearon. Solo les interesa su abstinencia por el poder y sus temores por consolidar o engrosar la hotelería de Ezeiza y Marcos Paz.


Pero no todo es así en el peronismo. Un sector, no menor, percibe que el peligro de alimentar el caos se los puede llevar puestos a ellos también para servirle el peronismo en las manos de Cristina y así ayudarla a construir un regreso que no quieren ni sueñan, que es más una pesadilla que un objetivo. Ese sector, liderado por Urtubey, Pichetto y otros, sabe que si le da acceso a Cristina, se los devorará más por instinto que por la razón pura. Cristina no puede con su naturaleza, ella es como el capitán Ahab, va por el poder como Ahab iba por la ballena blanca. Mentirá, ofrecerá recompensas, porciones de poder o lo que sea, pero al final, solo busca su satisfacción personal y esta es, el poder en su expresión más cruda y brutal… como decía Yabrán… "el poder es impunidad"


Cierta inocencia incomprensible atraviesa al peronismo. Le ofrecen volver para que se presente a internas del intervenido partido y corren el serio riesgo que responda… SIIII… voy a las internas. Ganarlas le resultaría muy fácil. Esa es, parafraseando la novela de Marcos Aguinis, la "Matriz del Infierno". La estrategia es; Agudizar los conflictos, construir un bloque peronista hegemónico bajo su tutela, desplazar a Pichetto, a los Gobernadores peronistas moderados, construir una nueva CGT con los llamados Movimientos Sociales de izquierda, las dos CTA, un Moyano domado a cambio de impunidad judicial, asustar a una Justicia que sabe que con Cristina la venganza será terrible y luego, finalmente, ir por el Poder, creando un estado de crisis de tal magnitud que a CAMBIEMOS le complique su supervivencia.


En otras palabras, hacerle a Macri lo que le iban a hacer a Scioli, que haga las correcciones, ordene las macro cuentas y luego, volver a disfrutar del distribucionismo que las cuentas ordenadas permitan. Multiplicado a cada área, el esquema es básico. Pedir el pasado imposible -como retrotraer las tarifas al año 2016- para colapsar el presente y crear las condiciones para regresar en el futuro inmediato. Cristina sabe qué; o logra esto o su destino es, como mínimo, la condena judicial de ella y muy probablemente la de sus hijos. Si Macri gana la reelección en un marco de una economía ordenada, inflación en retroceso con reducción de la desocupación y de la pobreza, esto, será bueno para el país pero será una lápida para el futuro de Cristina y de todos los que están acostumbrados a que el peronismo sea un partido hegemónico y no una alternativa electoral.


Cristina sabe esto y necesita desactivar a Macri y a María Eugenia Vidal… Rodríguez Larreta no le importa. Ella verá siempre a los porteños como una suerte de burguesía gorila irredenta. Pero la Provincia de Buenos Aires es otra cosa. Necesita recuperarla aunque para eso tenga que incendiarla. Cristina necesita que la bala de plata que puede ser María Eugenia Vidal, colapse con la ayuda de Intendentes aterrorizados y sectores de la Bonaerense también atemorizados por sus destinos amenazados por esta suerte de Heidi demudada en una cazadora de vampiros. De nada le sirve castigar a Macri si esto entroniza a Vidal y la condena a perder por paliza. Cristina no puede controlar su naturaleza autoritaria pero no es tonta. De nada le sirve vaciar a Macri para entregarle el poder a Vidal. En el medio de todo esto, algunos peronistas otrora kirchneristas como Bossio, tratan de hacer alguna alquimia sin darse cuenta -o dándose- que su presunta moderación será atropellada por la ex Presidente. En resumen, la batalla por venir en los próximos 60/90 días no es menor, de hecho, es probable que sea la última batalla que Cristina puede brindar. ¿Comprenderá el Gobierno (PRO – UCR – ARI) y el peronismo moderado la gravedad de este juego? Ojalá sea así, no comprenderlo sería como si 10 mojarritas pretendieran nadar democráticamente amparadas en su número en una pecera con una piraña.


Raúl Alfonsín: un canalla al servicio del eurocomunismo.
Nicolás Marquez para Prensa Republicana
31-03-2018


Con sorpresa, estamos asistiendo a un sinfín de adulaciones y publicaciones (hoy tendencia en twitter) en honor a la memoria y trayectoria del ex presidente Raúl Alfonsín, quien se consagrara como tal en diciembre de 1983. Lo curioso del caso, es que de manera hegemónica, todos quienes comentan en torno al personaje en cuestión, lo hacen de manera elogiosa o panegírica, como si el fallecido Presidente en vez de haber sido lo que verdaderamente fue (un canalla al servicio del eurocomunismo), hubiese sido en cambio una suerte de estadista o pro-hombre ejemplar a quien los "poderosos" le pusieron zancadillas, impidiéndole así llevar a buen puerto sus nobles intenciones durante su desafortunado gobierno (1983/1989).


Vayamos a cuentas.


Poseedor de una oratoria tan enérgica como insustancial, su discurso demagógico no exento de notable habilidad para arrancar encendidos aplausos de la muchedumbre, durante su campaña recolectora de votos en 1983, supo embaucar a una multitud que, horrorizada por la lista que por entonces ofrecía el peronismo, volcó sus preferencias por el presunto mal menor. Tras ganar las elecciones, Alfonsín, lo primero que hizo al asumir, fue llevar adelante un revanchismo contra el gobierno cívico-militar saliente (cuyo golpe de Estado, en marzo de 1976, fuera apoyado y aprobado por la UCR, la cual comandó 310 intendencias, durante el gobierno del presidente Jorge Rafael Videla), impulsando un juicio a las cúpulas castren2ses a través del decreto 158/83 (atropellando la independencia del Poder Judicial), cuya letra, además, contenía la condena en el decreto mismo. Maliciosamente, toda su revisión sobre el pasado (a la sazón bien reciente) fue impuesta a partir del 24 de marzo de 1976 y no se revisó una coma de todas las responsabilidades y felonías cometidas tanto por el terrorismo subversivo como por la partidocracia, antes de dicha fecha.


Salvo excepciones, los medios televisivos se mantuvieron en manos del Estado, a efectos de controlar la prensa, llevando adelante una profusa campaña psicológica de inequívoca tendencia marxista, dentro de la cual se atentó contra la libertad de prensa, encarcelando a periodistas opositores como Daniel Lupa, y se descubrió una lista negra de 30 periodistas (entre ellos, Rosendo Fraga y Carlos Manuel Acuña), con la orden de encarcelarlos por no compartir la filosofía del régimen, y cuyas detenciones finalmente se frenaron con motivo del escándalo acaecido. Hasta un personaje de la frivolidad, como Mirtha Legrand, tuvo problemas profesionales, teniendo que mudar de canal, por cometer el delito virtual de no adular al mandón favorito de la socialdemocracia latinoamericana. En los años 70, fue simpatizante y abogado de los terroristas del ERP y mantuvo aceitados contactos con el terrorismo montonero, a varios de cuyos miembros agasajó con afectuosos almuerzos (entre ellos, al indultado Miguel Bonasso), en agradecimiento por haber colocado en sus órganos de prensa a su discípulo Leopoldo Moreau. Incluso, fue acusado de participar en la negociación a favor de la guerrilla, en el caso del secuestro y crimen de lesa humanidad del empresario Oberdán Sallustro, a la sazón víctima del ERP.


Con estos antecedentes setentistas, durante su mandato, las deliberadas simpatías para con la guerrilla marxista no cesaron y salvo el caso semiparódico del lider montonero Mario Firmenich (quien apenas estuvo en cárcel unas semanas), jamás se promovió un solo juicio a un terrorista, dedicando toda su gestión a humillar a los militares, quienes, paradójicamente, en enero de 1989, lo salvaron del intento de golpe de Estado perpetrado por el ataque terrorista de la organización MTP (Movimientos Todos por la Patria), por entonces comandado por el asesino serial y ex guerrillero Enrique Gorriarán Merlo. En política internacional, de la mano del canciller socialista Dante Caputo, la Argentina tuvo relaciones carnales con las tiranías marxistas de la época, votando, incluso, ante la ONU, en la Comisión de Derechos Humanos, en marzo de 1987, de manera negativa en la acusación que pesaba sobre Cuba por sus consabidas violaciones a los de derechos humanos. Es más, la empobrecida Argentina alfonsinista otorgó créditos incobrables a Nicaragua y Cuba por 400 y 600 millones de dólares, respectivamente. Asimismo, en su afán por consolidar lazos con los despotismos de la época, en avieso desprecio por la democracia y el sistema republicano, firmó "convenios culturales" con países de la talla de la República Argelina (3/12/84), Nicaragua (16/2/84), Cuba (9/8 y 13/11/84), Rusia (26/1 y 26/86) y Bulgaria (29/7/86). Para júbilo de los delincuentes, Alfonsín fue también el padre del garantismo penal, promoviendo la sanción de las leyes 23.050 y 23.077, las cuales ampliaban la eximición de prisión y disminuían las penas para el infanticidio, ocupación de inmuebles y muchos otros delitos.


En cuanto a la administración de la cosa pública, la burocracia y el despilfarro socialista se expandieron desmesuradamente, y de ocho secretarías de Estado se pasó a 42; de 20 subsecretarías, a 96 y se nombró a 280.000 agentes públicos. Ferviente admirador del eurocomunismo, Alfonsín logró que, en 1985, el 50% de los medios de producción estuvieran en manos estatales y la Argentina se constituyó, poco después, en el país no comunista de mayor estatismo del mundo, secundando a Méjico. En dicho lapso, se inauguró, además, la execrable práctica clientelista consistente en traficar miseria con "planes sociales", los cuales, por entonces, estuvieron materializados en las famosas "cajas de PAN", las que fueron quintuplicadas con motivo del desparramo de miseria que generó su "administración", cuya cartera de economía fue mayormente capitaneada por Juan Vital Sourrouille. Tan amante de la oratoria como de la pereza laboral, en 1986, por ejemplo, pronunció 130 discursos (uno cada dos días) y concurrió a su despacho 2,3 días por semana.


En materia económica, tras pulverizar el signo peso, en 1985, lanzó el tristemente célebre plan Austral, un programa estatista basado en la emisión de moneda sin respaldo y controles de precios, el cual, por su perversión intrínseca, obviamente implosionó de manera dramática, y, para paliar los destrozos económicos y financieros, el "equipo de lujo" que lo asesoraba (así calificó públicamente a sus ministros, que no dejaron institución por destrozar) lanzó otra "genialidad": el "Plan Primavera", inaugurado el 3 de agosto de 1988. El cual no era otra cosa que una renovada aventura socialista que derivó en la hiperinflación más alta de la historia argentina. Desde el 10 de diciembre de 1983 hasta su abandono del poder, el 8 de julio de 1989, la inflación acumulada fue del 664.801 por ciento, la más alta en la historia mundial, después de la Segunda Guerra Mundial. La depreciación monetaria fue del 1.627.429 por ciento, y, entre el 6 de febrero y el 8 de julio de 1989, el Austral (signo monetario de entonces) se devaluó un 3.050 por ciento. Durante los cinco años y medio de gestión progresista, el poder adquisitivo se desplomó entre un 107 y un 121 por ciento. La deuda externa recibida al comenzar su gestión arañaba los 40 mil millones de dólares, mientras que, cuando huyó de su cargo, dejó al país con 67 mil millones de dólares de deuda externa, treinta mil millones de dólares de deuda interna (ambos guarismos fueron unificados en los años 90), y sólo 38 millones de dólares de reserva en el Banco Central, con el país en default y la gente peregrinando despavorida por los desabastecidos mercados, para poder arrancar un paquete de azúcar o de yerba de las góndolas semivacías de la década del 80.


Durante los últimos tramos de su gobierno, en el país no había luz (la televisión empezaba a las 17, para que la gente no consumiera corriente eléctrica), no había agua, no funcionaban los teléfonos, peligraba la reserva de gas2 y, en tanto, Alfonsín seguía soñando en quedar en el olimpo de los próceres divagando con "el traspaso de la Capital a Viedma" y otros emprendimientos faraónicos. La sociedad empobrecida y angustiada escuchaba atónita el cúmulo de tonterías verbalizadas por el presidente-desertor, quien se escapó de su cargo seis meses antes de lo que ordenaba la Constitución Nacional, cuyo preámbulo se cansó de recitar en su campaña electoral, a efectos de hacerse pasar por un "gran demócrata", que, además, no lo fue. Tras su fuga, se dedicó a perturbar la política nacional desde fuera del poder institucional, destruyendo la Constitución Nacional en el ominoso "Pacto de Olivos" que él acordó con el entonces presidente Carlos Menem, y que fuera la antesala de la pésima reforma constitucional de 1994.


Ya en el año 2001, asociado implícitamente con Eduardo Duhalde, formó parte de la conspiración desestabilizadora que acabó en el derrocamiento de su par y correligionario, el presidente Fernando de la Rúa.1 Hoy 31 de marzo, a nueve años de su deceso, a través del grueso de los medios de comunicación y redes sociales, periodistas, políticos, funcionarios y opinólogos de las más diversas tendencias y orígenes se encargan de homenajear y cantar loas a su persona. Por ende, dese estas líneas no podemos dejar de manifestar nuestra indignación ante tan irresponsable y desmemoriado ensalzamiento a una trayectoria plagada de horrores y características negativas, puesto que esto último no sólo constituye un premio inmerecido, sino que, además, se falsea la historia otra vez, pretendiendo hacer pasar por estadista a quien fuera uno de los peores gobernantes de la triste historia argentina.

Maria Josefina Ramos es traductora pública de Inglés y periodista.

Su trayectoria periodística abarca el período 1970-1985, como analista política y cronista parlamentaria desde el Congreso Nacional para varias radioemisoras del interior del país y también para el vespertino La Razón.

En 1975, fue distinguida con una beca como periodista parlamentaria por la Asociación de Corresponsales de las Naciones Unidas para cubrir la XXXI Asamblea General de la ONU.

Es creadora y directora de Plataforma Cero.