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Año 12 | Número 161 JUN 2020

Escribe una carta por el centenario de su nacimiento, que se celebra este 18 de mayo
¿Quién era Juan Pablo II para Benedicto XVI? Su grandeza explicada personalmente por su fiel amigo
Javier Lozano – Rel
15-05-2020


Este lunes 18 de mayo se cumple el centenario del nacimiento de San Juan Pablo II, el Papa que marcó el último tercio del siglo XX e introdujo a la Iglesia Católica en el tercer milenio. Para conmemorar esta fiesta Benedicto XVI, su gran y leal colaborador durante casi un cuarto de siglo, ha querido escribir una carta a los obispos polacos sobre el Pontífice santo. Wojtyla accedió al pontificado en un momento de gran tensión en el mundo, en plena Guerra Fría, llegando él mismo de la Polonia ocupada por la Unión Soviética. Pero también la Iglesia vivía momentos de gran incertidumbre con los problemas de la aplicación del Concilio Vaticano II y el auge de la Teología de la Liberación.

El amor y lealtad a Juan Pablo II

Benedicto XVI, que fue nombrado en 1981 prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe por San Juan Pablo II, ejerció esta importante misión hasta la misma muerte del Papa en 2005. Y posteriormente ocupó su silla como sucesor de San Pedro. Conocía muy bien al Papa polaco, y quería enormemente a este santo que tanto esfuerzo dedicó a la evangelización. En la carta, el Papa emérito recuerda que "cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada". En este caso, "las deliberaciones del Concilio se presentaban al público como una disputa sobre la fe misma, lo que parecía privarla de su certeza indudable e inviolable".
De hecho, Benedicto XVI recuerda en la misiva que en el contexto histórico en el que Juan Pablo II accedía al Papado "los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla". "¡No tengáis miedo!" Esta era la situación que esperaba a aquel nuevo Papa, "una tarea que superaba las fuerzas humanas". Sin embargo, desde el inicio de su pontificado San Juan Pablo II –señala Ratzinger- "despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia".

Cómo olvidar aquella primera homilía como Papa: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid, sí, abrid de par en par las puertas a Cristo!". Para Benedicto XVI aquel tono, aquella fuerza, "determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia". Además, el Papa emérito recuerda que Juan Pablo II estaba condicionado por llegar de un país como Polonia donde "el Concilio había sido bien recibido: no el cuestionamiento de todo, sino más bien la alegre renovación de todo".

La Divina Misericordia, aspecto central de su pontificado

En la carta, Benedicto XVI se detiene y profundiza sobre la importancia que la Divina Misericordia tuvo en la vida de Juan Pablo II, "el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos". Precisamente, el Papa polaco murió el sábado 2 de abril de 2005, víspera de la recién inaugurada fiesta de la Divina Misericordia. Ratzinger cita una experiencia personal sobre esta devoción de su querido Papa. "Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo", explica. Tras diversas consultas, San Juan Pablo II escogió el domingo in albis para esta festividad, pero antes de tomar la decisión final consultó a la congregación presidida por el entonces cardenal Ratzinger sobre la conveniencia de esa fecha. "Dijimos que no porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro no. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el no de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original. En otras ocasiones, de vez en cuando, me impresionó la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había de consultar", resalta Benedicto XVI. Al final esta fiesta de la Divina Misericordia que acaba de comenzar con las primeras vísperas "iluminó la hora de su muerte: la luz de la misericordia se presenta como un mensaje reconfortante sobre su muerte".

La importancia de Juan Pablo II en el mundo

Además, Benedicto VI afirma que en "esta etapa actual" se puede encontrar la "unidad interior" entre el mensaje de Juan Pablo II y el del Papa Francisco. "Juan Pablo II no es un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte. Con la centralidad de la misericordia divina, nos da la oportunidad de aceptar el requerimiento moral del hombre, aunque nunca podemos cumplirlo por completo. Sin embargo, nuestros esfuerzos morales se hacen a la luz de la divina misericordia, que resulta ser una fuerza curativa para nuestra debilidad". La santidad del Papa se pedía ya desde su propio funeral donde miles de personas, entre ellas muchos jóvenes, portaban pancartas de "¡Santo Subito!", mientras se pedía que le otorgaran el título de "Magno". "Durante los casi 2.000 años de historia del papado, el título «Magno» solo prevaleció para dos papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra «magno» tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo, León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Desarmado, sin poder militar o político, sino por el solo poder de la convicción por su fe, logró convencer al temido tirano para que perdonara a Roma. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder. Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder y alcanzar la victoria del espíritu", explica el Papa emérito. Benedicto asegura que la similitud de estos dos Papas con Juan Pablo II "es evidente". El Pontífice polaco "tampoco tenía poder militar o político". "El poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II", recalca Ratzinger. Para acabar, asegura que "es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza". "Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!", concluye el Papa emérito.


Wojtyla, el Grande
Por Rafael Navarro-Valls
REL
19-05-2020


Cuando en su quinta visita a Polonia (14 de agosto de 1991) Juan Pablo II se acercó a Wadowice, recordó con emoción –y alguna lágrima– su niñez, su juventud y la importancia de sus padres en su formación. Había nacido en ese pequeño pueblo polaco el 18 de mayo de 1920. Ahora se cumple el centenario. La reacción mundial ha sido de admiración hacia su figura. El Papa Francisco acaba de escribir en colaboración un libro sobre él (San Giovanni Paolo Magno), la Conferencia Episcopal polaca lo ha propuesto como Doctor de la Iglesia y Patrón de Europa, una avalancha de publicaciones en torno al Papa polaco inunda las librerías de medio mundo, varias películas analizan su vida, los expertos y los archivos soviéticos muestran que –aparte del pistoletazo de Ali Agca– entre tres y cinco veces se prepararon atentados contra su vida. Es curioso que la Browning HP CAL de 9 mm, con cargador de trece balas, utilizada por el pistolero se encasquilló al intentar el tercer disparo contra el Papa. La pistola está hoy en el Museo de la Casa Familiar de Juan Pablo II, en Wadowice. Agca disparó dos veces al Papa y luego el arma se atascó. Mientras escapaba, el terrorista trató de disparar al policía que corría detrás de él y a la hermana Letizia Giudici, que le bloqueó la huida. Afortunadamente, el arma seguía encasquillada.

En fin, dentro de unos días comienza el proceso de canonización de sus padres, lo cual –salvo el caso de Santa Teresa del Niño Jesús– ocurre pocas veces en la historia de la Iglesia. Tuve el honor de ser recibido en dos ocasiones por San Juan Pablo II. La primera en su Biblioteca privada, la segunda en la Nunciatura de Madrid con mi familia. El 7 de abril de 1990 asistí a su misa en el pequeño oratorio donde pasaba horas rezando. Preparaba el viaje a Checoslovaquia invitado por Vaclav Havel. Había convocado a parte de los obispos de ese país, que llenaban el pequeño oratorio del Papa (unas 15 personas). Al concluir la ceremonia llamó a Joaquín Navarro-Valls, su portavoz –que me acompañaba–, para despachar cuestiones de gobierno. Yo me puse lo bastante lejos para guardar las formas y lo suficientemente cerca para escucharlo todo. El día anterior Balduino de Bélgica había dimitido para no firmar la ley de aborto aprobada por el Parlamento. El Papa estaba preocupado por el rey. Interpeló a su portavoz : «Habría que hacer algo para apoyar ese gesto valiente del rey». El Director de la Sala de Prensa se puso en marcha y al día siguiente firmas importantes de Europa y América glosaban positivamente el acontecimiento.

En sus casi 27 años de pontificado Juan Pablo II hizo un total de 240 viajes: 104 fuera de Italia y 146 efectuados en la propia Italia. Traducido a kilómetros: 1.247.613 kilómetros, o 3,24 veces la distancia de la Tierra a la Luna. Dos preguntas son evidentes: ¿Por qué viajaba tanto? ¿Qué frutos producían esos viajes? Dos anécdotas tal vez lo expliquen. Una mañana de enero de 1990, un niño de 11 años le preguntó: ¿Por qué estás siempre viajando por el mundo? El Pontífice polaco respondió: «El Papa viaja tanto porque no todo el mundo está aquí». Es decir, la clara comprensión de que no todos los factores culturales, intelectuales y morales son los que aquí existen. Como observó Le Monde:«Ninguna consideración, ni médica ni política parece retener a un Papa más dispuesto que nunca a acudir allí donde su presencia es deseada». La segunda pregunta apunta no a cantidades sino a calidades. ¿Qué queda de cada viaje que hizo? Esto mismo pregunté a un cercano colaborador del Papa. Su punto de vista era que, por un lado, está lo que Juan Pablo II hacía y decía. Por otro, lo que con su presencia ocurre en cada lugar: lo que mi interlocutor llamó «el programa exclusivo de Dios». Un ejemplo. En Kisangani, a orillas del río Congo, en una noche de calor sofocante y al final de una jornada agotadora, esa persona preguntó a un joven misionero, envejecido por la malaria y el trabajo: «¿Valía la pena que viniera el Papa aquí unas horas?». «No puedo hacer un balance global –contestó su interlocutor–, pero aunque solamente quedara el bien que ha hecho a mi alma estar con el Papa, ya estaría justificado su viaje hasta Kisangani». Otros resultados colaterales tardan en verse. Por ejemplo, el 28 de enero de 1999 el Papa estaba en Missouri. Allí se enteró de que, pocos día después, sería ejecutado Darrel Mease, un veterano de Vietnam condenado a muerte. Nada dijo el Papa públicamente, aunque privadamente hizo llegar al gobernador –que no era católico– su súplica de que indultara al condenado. Con gran sencillez, en la Catedral de San Luis, al pasar junto al gobernador se inclinó y le susurró: «Have mercy on Mr. Mease» (Tenga misericordia del Sr. Mease). Con idéntica brevedad el Gobernador contestó: «I will do it» (Lo haré). Y lo hizo.

En mi opinión, la mejor definición del Papa no ha salido de medios eclesiásticos sino mediáticos. Gianni Pasquarelli, director general de la RAI , en un almuerzo con Juan Pablo II, en septiembre de 1990, calificó su etapa en la Sede Apostólica como «un pontificado de certezas». Las muchedumbres que se acercaban a él, tanto en la plaza de San Pedro como en sus muchos viajes, lo veían como un faro seguro en las tensiones doctrinales y civiles que encuadraron el tercio de siglo en que gobernó la Iglesia. Por ejemplo, su encíclica Fides et ratio es una llamada a liberar el entendimiento de las imágenes que lo idiotizan. La época en que vivió –en eso no hemos cambiado mucho– convirtió al sujeto racional en sujeto económico. Juan Pablo II intentó recuperar la visión del hombre como sujeto pensante y moral. Devolvió al hombre de hoy la esperanza de encontrar una respuesta segura a sus grandes inquietudes. Defendió, frente al extendido relativismo, la posibilidad de la razón de llegar a verdades absolutas. Cuando la revista Time lo eligió hombre del año en 1994 y el semanario Newsweek hizo idéntica nominación en 1996, subrayaron el liderazgo de Juan Pablo II en la lucha por los derechos humanos. Juan Pablo II hablaba de las exigencias «de un corazón nuevo» capaz de promover la auténtica dignidad del hombre, como un camino «para encontrar una resolución pacífica de las situaciones más complejas». Su oposición casi en solitario a las guerras del Golfo e Irak iban en esa línea. Al igual que cuando condenó ante la puerta de Brandeburgo las dos dictaduras que la hicieron de escenario de sus paradas militares o la convirtieron en un muro. Un diario tan poco sospechoso de clericalismo como La Repubblica lo calificó de «portavoz planetario de los derechos humanos». Pensemos en el episodio más importante en derechos humanos del siglo XX: la liberación de los países del Este a partir de 1989. El 3 de marzo 1992, Gorbachov escribió en La Stampa de Turín un artículo muy elogioso del Papa, explicando la gran influencia que había tenido en los cambios del Este europeo. El director y el subdirector del periódico consiguieron que el Papa los recibiera para hablarle del artículo. Entre otras cosas, Juan Pablo II les dijo que Gorbachov habla en su artículo del «papel político» que desempeñó el Papa en el escenario mundial. San Juan Pablo II matizó que «no se puede hablar de un papel político en sentido estricto». La misión del Papa –continuó– «es predicar el Evangelio, pero en él se encuentra el hombre y por tanto sus derechos humanos». No fue, pues lo que ocurrió en 1989 una supuesta Santa Alianza (como escribió Carl Bernstein, uno de los periodistas del Watergate) entre Reagan y Juan Pablo II para eliminar el comunismo. Fue la aplicación al orden socio-moral de su inmensa fe en los derechos humanos. También intervinieron los propios dirigentes soviéticos, pues no hay que olvidar que la palabra perestroika, entre otras cosas, significa conversión. El falso humanismo del socialismo real se desplomó por su propio peso, por sus errores y abusos. Recordar el centenario de un Papa al que se ha apodado Grande es también recordar que si hoy los gobiernos han llegado a la conclusión de que no se puede gobernar sin referencias éticas, su figura se alza como un fuerte ejemplo y un gran estímulo para lograr esa conversión. Publicado en El Mundo.
Maria Josefina Ramos es traductora pública de Inglés y periodista.

Su trayectoria periodística abarca el período 1970-1985, como analista política y cronista parlamentaria desde el Congreso Nacional para varias radioemisoras del interior del país y también para el vespertino La Razón.

En 1975, fue distinguida con una beca como periodista parlamentaria por la Asociación de Corresponsales de las Naciones Unidas para cubrir la XXXI Asamblea General de la ONU.

Es creadora y directora de Plataforma Cero.