Plataforma Cero
Publicación Mensual
Año 15 | Número 176 FEB 2018
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Maria Josefina Ramos es traductora pública de Inglés y periodista.

Su trayectoria periodística abarca el período 1970-1985, como analista política y cronista parlamentaria desde el Congreso Nacional para varias radioemisoras del interior del país y también para el vespertino La Razón.

En 1975, fue distinguida con una beca como periodista parlamentaria por la Asociación de Corresponsales de las Naciones Unidas para cubrir la XXXI Asamblea General de la ONU.

Es creadora y directora de Plataforma Cero.

El intelectual que pone en jaque a Bergoglio
Jorge Fernandez Díaz para La Nación
07-01-2018

Para Borges las religiones eran apasionantes antologías del género fantástico; para Sebreli en cambio son laberintos ideológicos. Su último trabajo es un libro monumental y erudito que excede en mucho a Bergoglio y a sus huestes, pero que no deja de diseccionarlos con fría precisión, ni de mostrarlos bajo una luz distinta, intensamente polémica. Luego de analizar la genealogía de las grandes creencias místicas, se detiene en la "teología de la pobreza", que el papa Francisco ha convertido en su celebrada política oficial. Recuerda Sebreli la declaración de un pastor (tal vez pentecostal) a The New York Times: "La ironía es que los católicos optaron por los pobres cuando los pobres estaban optando por los evangelistas". El gran ensayista también se permite criticar a la Madre Teresa de Calcuta, que acogía a enfermos de sida pero permanecía contraria al uso del preservativo. Los dos señalamientos, tan distantes, apuntan a describir la verdadera naturaleza de este giro estratégico de la Iglesia y también a desmontar su falso sesgo progresista.

Sugiere el autor de Dios en su laberinto que Bergoglio es un conservador popular y que sus apóstoles no encuentran en la pobreza una carencia sino una virtud. Para ilustrar esto recurre a declaraciones públicas de su heroico equipo de trinchera, que muestra sin embargo desconfianza frente a la urbanización de las villas, puesto que esa mejora conllevaría un carácter "civilizatorio" y porque en esos asentamientos persistirían "valores evangélicos muy olvidados por la sociedad liberal de la ciudad". Flota entonces el concepto tácito de que la clase media ha sido corrompida por el dinero, y que ha virado hacia un cierto agnosticismo o tal vez a un catolicismo de bajas calorías, como viene ocurriendo en todas las capitales laicas de Occidente. En contraposición, hay zonas marginadas en todas las latitudes donde Dios brilla sin dudas ni sombras. Sebreli refuta la concepción pobrista de Bergoglio y trae un ejemplo cercano: "El ideal de los villeros no es el de cultivar el comunitarismo ni formar una microsociedad, ni preservar su 'identidad cultural', sino salir de allí lo más pronto posible; incluso las familias de villeros más organizados y con mejor situación envían a sus hijos a escuelas lejos de las villas y los que tienen un trabajo dan un domicilio falso. No son los 'porteños' despectivamente tratados por los curas, sino los propios villeros quienes detestan la villa, y querrían integrarse a la ciudad. La ayuda a los pobres no consiste en exaltar la pobreza como un mérito sino en combatirla, y eso solo se consigue con posibilidades de trabajo, educación, vivienda, salud, control de la natalidad, e integración plena a la sociedad".

La prédica del Papa no reconoce el Estado de bienestar de las democracias republicanas; en consecuencia, sus relaciones no se arman en torno a partidos políticos, sino a organizaciones sociales, cuya consigna es "imitar al pobre" y cuya especialidad consiste en gerenciar la dádiva. Ni los diversos marxismos, ni cualquiera de los liberalismos posibles son afines a esa ocurrencia de fondo: ambos pretenden razonablemente resolver un problema económico con la economía.

A esta nueva concepción eclesiástica, Sebreli la califica de "utopía reaccionaria", negadora de la modernidad y prejuiciosa con el capitalismo de cualquier orden, dado que confunde las partes con el todo, es decir, los múltiples defectos y desigualdades del sistema, con sus cualidades, y con la innegable prosperidad social que produjo en muchas naciones. La alternativa parece ser un populismo religioso que sospecha del progreso; con liderazgos carismáticos y con un rasgo curiosamente antiintelectual: Sebreli anota que durante el Tedeum del 25 de mayo de 1999 el entonces cardenal instaba a beber de "las reservas culturales de la sabiduría de la gente corriente" y a no hacer caso de "aquella que pretende destilar la realidad en ideas".

Otro capítulo lo dedica a la formación del célebre vecino del barrio de Flores; como todo argentino, Bergoglio goza con ser inclasificable. Sebreli abunda en su paso por Guardia de Hierro, indaga en su lectura jesuítica y luego lo retrata: "El Papa humilde como cura de aldea esconde un político habilísimo y astuto... Es el maquiavélico Ignacio de Loyola travestido en el dulce Francisco de Asís". Según el autor, esta dualidad ya estaba en el primer Francisco, a quien Chesterton llamaba "el divino demagogo". El aspecto dual de su gestión parece plagado de picardías (hagan lío, pero no usen profiláctico; sean revolucionarios pero que sea "la revolución de la gracia"), y también de perogrulladas, como cuando exhorta a los narcos a dejar de serlo a riesgo de ir al infierno

Donde Sebreli resulta más duro es en el terreno de los usos y costumbres de la vida moderna, la moral sexual y familiar, y la libertad artística; allí, asegura, el padre Jorge "fue un reaccionario sin matices". Trae a nuestra memoria el hostigamiento que lanzó contra León Ferarri, por su obra Cristo crucificado, que Bergoglio calificaba de blasfema. Y la carta que envió a las carmelitas para frenar el matrimonio igualitario; en esa misiva se advertía que la campaña contra aquella ley era directamente "una guerra de Dios". Más tarde, Bergoglio pareció abandonar sus actitudes homofóbicas al decir: "¿Quién soy yo para juzgar a un gay?" Pero no hubo pedido de perdón por haber perseguido a homosexuales, ni se abordó el tema en el primer sínodo de su pontificado. El autor de El malestar de la política asegura que desde su papado y a través de notorios dirigentes peronistas frenó reformas al Código Civil, aunque acaso para inclinar la balanza insinuó ambiguamente una cierta apertura hacia los divorciados. "Francisco habla de 'misericordia' y de 'curar heridas', cuando lo que buscan los homosexuales o las parejas divorciadas o las mujeres que abortan no es la piedad ni el perdón sino el reconocimiento del esencial derecho humano a usar el propio cuerpo, a ser reconocidos en plano de igualdad con los heterosexuales -escribe el sociólogo-. La misericordia, la piedad, convierten a la víctima en un objeto de lástima". Sebreli sostiene que el "relato papal" ha sido tan eficaz que provoca el temor del ala conservadora y la esperanza del ala progresista. "Unos y otros se equivocan -concluye-. Bajo el mandato del papa Francisco habrá algunos cambios porque el mundo cambia, pero decepcionará a los católicos liberales; los conservadores pueden tranquilizarse".

Sólo el tiempo dirá si el escritor tuvo razón en todas estas observaciones. Lo innegable es que así como Ratzinger debe ser tratado como un pensador, Bergoglio debe ser juzgado como un político: capaz, a la manera de Perón, de mutar y de decirle a cada uno lo que quiere oír, y de utilizar para sus fines incluso a sus antiguos adversarios (los neopopulistas) siempre y cuando estos se encuentren en la lona y él pueda hacerse cargo prácticamente sin costos de ese liderazgo en liquidación. Así se entiende que, al decir de Sebreli, "con el pretexto de acoger pecadores arrepentidos, reciba a corruptos no recuperables". La idea de que "ocuparse de los pobres" equivale automáticamente a estar trabajando por su evolución, o pensar que quien lanza frases sinuosas sobre la libertad individual es un sacerdote abierto o un líder progre, comprobar cada día que lo siguen izquierdistas combativos y "almas bellas", parecen prodigios surgidos del género fantástico. Borges se divertiría mucho con ellos.


Muchos personajes tienen una licencia para opinar de todo
V.CORDERO para LaPrensa
16-01-2018

Hay argentinos que tienen licencia para opinar y quedar impunes después que digan lo que digan. Son hombres y mujeres que por muchas razones han generado a su alrededor un aura de impunidad y sabelotodo que a veces asusta. Ellos opinan, juzgan, cuentan y hasta acusan desde el podio de la impunidad con la seguridad de que jamás le entrarán las balas de las críticas, incluso en estos tiempos sortean con extraña habilidad la dureza que a veces presentan las redes sociales. Son algo así como opinadores profesionales, gurúes de su verdad irrefutable y profetas sin credo ni filosofía serias. Ellos lanzan su palabra como un dardo, como una flecha o como un proyectil pero jamás como un búmeran, porque nada les vuelve, nada los sacude ni los atribula.

Son los maestros de la realidad tamizada por sus filtros, los expertos del punto de vista personal, los analistas de sus propios enfoques y lo que es peor, son también los jueces de las realidades de los demás. Veamos una parte de la larga lista que componen estos personajes: Diego Maradona, Mirtha Legrand, Moria Casán, Roberto Pettinato, Marcelo Tinelli, Mario Pergolini, Fito Páez, Carlos Bilardo, Jorge Lanata, Jorge Rial, Víctor Hugo Morales, Charly García, Florencia de la V, Jorge Asís, Beatriz Sarlo y la nómina continúa pero sería muy extensa darla completa. Usted, querido lector, agregue los que quiera y entienda que deben estar en esta lista. Muchas veces nos vemos invadidos por estos "genios" que cada uno en lo suyo pueden hasta ser brillantes. Ese triunfo en una cosa está bien, pero es como que los obliga a hablar de todas las cosas. Además terminemos con los mitos que nos hacen creer oficinas de prensa y voceros bien mensualizados y no demos crédito porque sí, a lo que oímos. Mirtha Legrand es una señora actriz con un gran oficio, una gran memoria y bien informada, pero bajo ningún punto de vista es una mujer culta.

Diego Maradona no está capacitado para hablar de muchos temas porque su ignorancia sobre los mismos es enciclopédica, pero hasta le aplaudimos los comentarios incoherentes. La señora Casán suelta barrabasadas en seguidilla con horrores de concepto, aunque sólo provoca risas y aplausos. Músicos que opinan como doctores en ciencias varias; deportistas que saben todo sobre la vida, periodistas que se blindaron como intocables y dan cátedra subjetiva y con motivaciones interesadas. Conductores de televisión que se permiten aconsejar al presidente, a los ministros, al mismo Papa y a sus seguidores como émulos de pastores mesiánicos.

Algunos han conseguido instalar la frase que dice "Si lo dijo fulano debe ser verdad", arrogándose un título de una credibilidad que muchas veces es cartón pintado. Basta de comer vidrio, a cada uno lo que sea, respetables en su tarea profesional, pero hasta ahí, sin ir más allá. No hay que creérsela porque entonces pasan estas cosas y la gente anda repitiendo tonterías.


¿Es Grabois el que habla o es el Papa?
Elegido por Francisco; Grabois compara a Macri con De la Rúa. Y dice que
Cristina es "una víctima".
Ricardo Roa para Clarin
07-01-2018

Juan Grabois no es sólo el hijo de un conocido dirigente del grupo peronista con el que simpatizaba en los 70 el padre Bergoglio. Es el jefe piquetero al que el Papa eligió para encuadrar a los más pobres .

Francisco apuesta a una Iglesia que crezca entre los pobres. El viejo compañero de ruta de Guardia de Hierro que miraba a los sindicatos como la columna vertebral del movimiento católico ha vuelto su mirada hacia los que están fuera del sistema y hacia las agrupaciones que intentan organizarlos.

El tema sería sólo religioso y terminaría ahí si los militantes de Francisco no disputaran el poder político. Poder político quiere decir presionar al Gobierno en la calle para sacarle más dinero. Y quiere decir algo mucho más peligroso: despreciar el pluralismo y actuar en los bordes del sistema democrático.

El Papa no da votos pero da micrófonos. Agresivo como un adolescente, Grabois acaba de declarar que Macri tiene un vicio: la violencia. Si el presidente propicia la violencia, toda violencia contra él podría estar justificada. Casi como repetir la consigna de guerra de los 70: la violencia de arriba engendra la violencia de abajo.

En esa entrevista de Página 12, Grabois dice que Macri tiene "una necesidad constante de reafirmarse degradando a otros". Y a renglón seguido degrada al Presidente: "No es un self made man sino el heredero de la fortuna de su padre... que fue un beneficiario de la corrupción del Estado". Macri es un corrupto por herencia.

En ese plan de psicólogo presidencial señala la debilidad de Macri por la represión y lo compara con De la Rúa. Una de dos: o lo ve de ese modo o espera para Macri el mismo final del ex presidente.

Y como si todo esto fuera poco, Grabois denuncia "la persecución a Cristina Kirchner y a su familia, que además de una inmoralidad es un factor de desestabilización política". ¿No será que en lugar de persecución son los jueces ahora investigando y que la inmoralidad era no investigar? ¿Y qué tiene de moral la corrupción de la que no hay un día sin una noticia sorprendente?

No habría que darle entidad a Grabois si no fuera porque Bergoglio privilegia a Grabois por sobre el Episcopado para dar su versión de la sociedad. Grabois es un iluminado de otro sector social que devino en lider piquetero. ¿Lo que dice es lo que piensa el Papa? Si el Papa piensa así es grave. Hay una actuación, hay una escenografía conocida que terminó muy mal en el pasado.

El Papa cree que el problema central es el embate del neoliberalismo. Más allá de las etiquetas, puede que estemos en esta disyuntiva: democracia con regla de mayoría y minoría(una invención liberal, ni católica ni marxista, pero comprensiva de los derechos sociales) o violencia de minorías.

La herencia kirchnerista no sólo dejó un agujero gigante por la corrupción. Transformó en estructural la pobreza de un tercio de la población y la manipuló con desfachatadas estrategias clientelares. Pero al menos para Grabois y tal vez para el Papa eso no fue ninguna degradación de nadie.


Valor del kirchnerismo Jorge Urien Berri para LaNacion 07-01-2018
"Hay causas para el desafuero [de Cristina Kirchner], pero el acuerdo entre Cambiemos y el PJ que sirvió para proteger a Menem se va a mantener para protegerla a ella" (De la diputada Margarita Stolbizer)

No fue preciso inventarlo. El kirchnerismo existió y cuando despertamos todavía estaba allí, origen de todos los males, amenaza pendiente, tema inagotable y salvador para intelectuales huecos y periodistas perezosos (doy fe), y eficaz anzuelo si adorna el título de una nota (ustedes dan fe).

El kirchnerismo no inventó la corrupción, la extremó bajo la mirada distraída o cómplice de ciertos jueces, empresarios, intelectuales y periodistas, y como no hay nadie peor que un kirchnerista, entre sus virtudes está la de mejorar o redimir a quienes ocupaban el sitial de los villanos. Carlos Menem volvió a jurar como senador e izó la bandera en la Cámara alta pese a estar enjuiciado por encubrir el atentado contra la AMIA, imputado por el de Río Tercero y condenado por pagar sobresueldos y contrabandear armas del Ejército. Pero eso no importa si finalmente se logra que Cristina, también senadora, vaya presa, desafuero mediante.

Ella y el kirchnerismo, hábiles forjadores de enemigos para alimentar la épica del relato, cayeron en su ley. Demonizadores, fueron demonizados por los dos grupos que componen el universo antikirchnerista: por un lado, los viscerales o genuinos y, por el otro, los profesionales u oportunistas que agitan el kirchnerismo como telón de fondo para intentar que se luzca por contraste cualquier otra gestión o alternativa de gobierno.

Pero visceral o profesional, el antikirchnerismo, como todo lo que es anti, termina por ser un reduccionismo que con el paso del tiempo requiere cada vez más combustible para seguir funcionando.

Días atrás LA NACION reveló el caso de los 200 ñoquis de la Cámara de Diputados que cobraban sin haber trabajado. Surgieron al amparo de distintos gobiernos y son un buen ejemplo, aunque solo uno más, de la corrupción estructural, callada, continua y tan añeja que forma placas tectónicas que se superponen a medida que se suceden los gobiernos. Tal vez por eso el antikirchnerismo genuino sea en el fondo un ejercicio de optimismo desorbitado, un querer convencerse contra todas las evidencias de que con el kirchnerismo empezaron y con el kirchnerismo terminaron todos nuestros males, y que a diferencia de los procesos geológicos, surgió de la nada y regresó a la nada.